EL TREN
¿Quousque tandem Catlina, abutere
patientia nostra?
Cicerón
Una o dos veces por semana nos encontrábamos a
tomar unas copas en el bodegón de la calle Reconquista. Yo llegaba a eso de las
siete y media de la tarde y él hacía un buen rato que me esperaba, con un par de whiskeys de ventaja entre pecho y
espalda.
Era alto, fornido y las manos callosas
delataban su pasado de karateca. Siempre vestía un traje oscuro y desde el
rostro impasible los ojos verdosos penetraban al circunstante como un taladro a
la madera.Esa tarde, apenas llegué, tras las comunes frases de cortesía, encendió un cigarrillo y con la voz aguardentosa de siempre me comentó en un tono menor, así nomás de movida, que le estaban pasando cosas raras.
En alguien imperturbable como él, esa resultaba una confesión inusitada. Era un tipo corrido, que sabía de sobra que al fin y al cabo todos éramos del montón, con profusos fracasos en el currículo, el alma abollada por los golpes de la realidad y sin esperanzas en la mochila. Eso sí, quienes lo conocíamos le reconocíamos una inagotable fuerza interior, que aplicada al trabajo, pugnaba por separarlo del vulgo, al que él denominaba “la masa informe”. Me pregunté: ¿Qué cosas raras podían pasarle a este tigre viejo? A no dudarlo, algo se traía debajo del poncho.
Arrancó su perorata describiendo lo arduo que resultaba el viaje al centro, sobre todo cuando uno vivía al sur del Riachuelo. Era notorio que había renunciado a movilizarse en su auto. Lo habían disuadido los embotellamientos del tráfico, los piquetes por infinidad de reclamos y el estacionamiento carísimo. Por ello, varios meses atrás decidió viajar en tren, aprovechando que vivía a pocas cuadras de la estación del Roca. Desde entonces jamás se había quejado de la insoportable compañía de los pasajeros, que según afirmó esa tarde, constituían una turba ignorante, sucia y fea. Esas fueron sus palabras.
Contó que apenas subía al tren se percibía inmerso en esa manada de marginales, conformada por personas de todas las edades. Las mujeres, obesas y desgreñadas, por lo general arrastraban sus crías igualmente desgreñadas y ruidosas. Durante el viaje comían y bebían cuanto encontraban en sus miserables bolsas de plástico o compraban los comestibles infames que vendía la runfla de desclasados, que vociferaba por todo el tren ofreciendo roscas de chipá, helados, gaseosas, alfajores y cuanta cosa pudiera masticar o codiciar esa ralea. También había hombres y ellos no eran mucho mejores. Guarangos e irrespetuosos, se sentaban donde se les antojaba. Cultivaban una estética común: lucían estrafalarias zapatillas, ridículos pantalones que dejaban al descubierto las extremidades huesudas y tatuadas, semejando maoríes de segunda mano. Por añadidura hablaban a los gritos, como aborígenes que eran. El araucano pelo renegrido que coronaba sus molleras, a menudo estaba cubierto por gorras con la visera hacia atrás.
El problema según me contó, era simple: Cada vez soportaba menos a ese prójimo. El único rato de paz que tenía, eran las dos o tres horas que pasaba en el boliche, mientras aguardaba que la odiosa multitud se disipara y la estación Constitución y sus trenes estuvieran un poco más despejados. Debo reconocer que lo noté verdaderamente alterado
__Me tienen particularmente podrido los vendedores ambulantes y la caravana de pordioseros que importunan sin cesar. La semana pasada sin ir más lejos, al llegar a Sarandí, me copó una furia que no por reprimida dejó de inquietarme. Había escuchado estoicamente al ciego habitual que aúlla una canción espantosa, soporté al rengo vendedor de analgésicos, al siniestro mercader de medias deportivas, al cretino de las tijeras chinas, hasta que finalmente hizo su ingreso un petiso mamarracho, de pelo encrespado cortado a lo mohicano, de gambas morrudas metidas en pantalones tres cuartos y que cargaba al hombro un aparato de música que aturdía. El desgraciado imponía de prepo un par de temas repudiables, de esos que lastiman el tímpano y al cabo de unos minutos de tortura, pasaba a explicar, con voz atiplada, la calidad y el precio de los discos que vendía. Me contuve para no gritarle cuatro verdades, pero… ¿A quién le importaba que yo hubiera pagado mi boleto para viajar en paz y no para padecer las agresiones de esos apestosos?
Cuando calló su comentario, concluí que mi amigo estaba francamente enojado. Traté de calmarlo, para lo cual ensayé las manidas reflexiones de solidaridad: Que este país no tiene arreglo, que esta tierra no se sobrepuso jamás de las invasiones bárbaras y que los negros de mierda son la ira de dios, pero intuí que tales idioteces no lo conformaron mucho que digamos. Hacía calor, estábamos a finales de diciembre y con la cuestión de las fiestas y los regalos, después de escabiar otra ronda opté por despedirme. Estaríamos ausentes hasta principios de Marzo. Ya se sabe que cualquier argentino que se precie desaparece durante el verano y acusa, con verdad o sin ella, el proyecto de tomarse unas prolongadas vacaciones para reponer fuerzas. Salimos juntos y lo vi alejarse hacia la boca del subte con paso firme. Sonreí para mis adentros y me dije: Cada loco con su tema.
A principios del otoño caí por el bodegón y allí estaba mi amigo, bebiendo su copa, sereno como un monje tibetano. Pitaba un buen tabaco y apenas acomodado noté que andaba con ganas de charlar de bueyes perdidos. A decir verdad, me alegró verlo tan bien. Estaba de excelente humor, bronceado por el sol de Mar del Plata. La pasamos de maravillas y en ese marco espiritual transcurrieron las siguientes reuniones semanales, hasta que un buen día se me dio por preguntarle como andaban sus tribulaciones con los pasajeros del tren. El hombre encendió otro cigarrillo, bebió un sorbo de alcohol y como si nada me dijo:
__Todo bien… todo bien. Estoy como habituado. __Y tras un deliberado silencio agregó:
__ Resulta que una noche, de regreso a mi casa, cansado por los quilombos del laburo, me subí al tren y traté de dormitar durante el viaje. Como por ensalmo me invadió un estado crepuscular y me atorré profundamente. Me abandoné feliz en los brazos de Morfeo hasta que me sobresaltó una música estridente. ¿Me podes creer? ¡Era el hijo de puta del mohicano! Ni de noche paraba de romper los huevos. Una vez más me contuve para no provocar un altercado y opté por mudarme hacia los vagones de adelante. En estos casos, el sentido común impone una retirada estratégica. Avancé balanceándome por los pasillos y llegué al primer coche tras la locomotora. Estaba vacío y en penumbras, acaso por alguna falla eléctrica. La gente que no es zonza, lo evitaba por temor al choreo. Yo hice de tripas corazón y me acomodé bien adelante. ¡Que sea lo que dios quiera! Me dije cuando me retrepé en el asiento dispuesto a dormitar otro poco. Me relajé y entré en onda alfa. El traqueteo del tren me arrullaba y la oscuridad me serenaba. No sé por qué pero entonces, después de mucho tiempo disfrutaba del viaje. Lo recuerdo ahora como un momento delicioso, hasta que entre sueños, como una sonatina lejana, volví a oír la batahola del mohicano que se aproximaba como una murga fatal. ¿Quién me condenaba a soportarlo? Me pregunté. Como no estaba dispuesto a quedarme ahí sentado, en solitario, padeciendo el escándalo de ese turro, me incorporé y retrocedí resignado hasta el sombrío rellano de acceso al vagón para tomar un poco de aire y pensar en otra cosa. La noche sin luna era oscura, el tren iba a toda velocidad y el viento frío que entraba por las puertas abiertas me acarició el rostro, despabilándome. Recostado en las sombras, percibía la abominable melodía cada vez más cerca. ¿Hasta cuándo Catilina abusaras de nuestra paciencia? Murmuré. Intuía que la fanfarria se deslizaba como una babosa y una angustia opresiva crecía en mi garganta. Cuando el piojoso llegó hasta mí con esa sonrisa de idiota y el aparato barullero al hombro, algo extraño, un no se qué me iluminó por dentro. No lo dudé ni un instante. Con la velocidad del rayo le hice una toma cruzada de Nakamura y le apliqué un golpe de escorpión en el pecho. El infeliz y su artefacto salieron eyectados del tren en menos de lo que canta un gallo. Se oyó un ruido seco y la música se extinguió. Todo aconteció con una rapidez tal que ni el diablo se enteró. De todos modos, por precaución, descendí en Wilde y me hice humo.
Yo lo escuchaba estupefacto. Sorbió un trago, pitó fuerte y me dijo:
__Así, tal como te lo cuento, finiquitó su carrera el último de los mohicanos.
Sin agregar ni una palabra, pidió otro whisky, habló de la fija que tenía para el domingo en la tercera de Palermo y a eso de las diez de la noche se marchó. Nunca más hablamos del tema. Tampoco supe si había sido un amasijo real o una broma de pésimo gusto.