MINIMICIDIO (Cuento)
Esos reyes poderosos
que vemos por escrituras ya pasadas,
con casos tristes, llorosos,
fueron sus buenas venturas trastornadas;
así que no hay cosa fuerte,
que a papas y emperadores y prelados,
así los trata la muerte…
Como a los pobres pastores de ganados
Jorge Manrique, Coplas.
Pasados los años, a menudo me da por rememorar aquel lejano episodio y los meses que lo sucedieron, cargados de rudos sentimientos encontrados que se agitaron en el seno de la sociedad. Así brotaron odios y simpatías incontenibles, penas y alborozos exacerbados por la dimensión del crimen.
Fueron esos hechos la culminación de mi carrera como fiscal y por ellos, la anónima y oscura labor de mi oficio devino por un breve lapso de tiempo, célebre y notoria. Los pasajes que pormenorizo de aquel caso, los transcribo con mis palabras, ya que la memoria habitúa acomodar las cosas a sus costumbres. El lenguaje de aquellos testimonios tenía particularidades que me son imposibles de reproducir.
Nemesio Mendía contaba 37 años al ser apresado y era un tipo robusto, de tez oscura, no muy alto, de cabellos renegridos tal como se ven en los individuos oriundos de las provincias norteñas. No poseía su rostro ninguno de los atributos que Marco Lombroso percibía en los rasgos criminoides. En verdad, la delgada frontera entre el bien y el mal, en Mendía era imprecisa. Al igual que el ángel caído que refiere Isaías, era de algún modo bello. Luego, antes y durante el juicio, la prensa lo afeó, al igual que los artistas medioevales que se encargaron de darle al hermoso Lucifer bíblico su ulterior aspecto monstruoso, diabólicamente satánico. Dicho de otro modo los demonios inspirados en el profuso bestiario pagano, esos que pintó Giotto en la Capilla de la Arena o que tallaron los escultores góticos en el pórtico de la catedral de Lincoln, no se asimilaban a la elemental simpleza de Nemesio Mendía. De orígenes pobrísimos y con escasa educación (No había concluido la escuela primaria) debió salir a ganarse la vida siendo niño aún, ya pidiendo limosna en los trenes, ya vendiendo estampitas de santos en las puertas de las iglesias, ya robando de arrebato alguna que otra vez, hasta que finalmente, casi por milagro, su padrino que trabajaba en una fábrica de la Capital, le consiguió un conchabo que lo apartó de la mala senda por la que ya se encaminaba.
Se casó joven con una mujer algo mayor que él con la cual tuvo una hija. Vivían en un caserío del suburbio y pronto, trabajados por los rigores de la miseria se separaron de mala manera.
En la indagatoria le oí decir en reiteradas ocasiones que se había hecho resistente al castigo.
__ ¿A qué castigo se refiere?__Le pregunté.
__Se me endureció el cuero__Afirmaba sin responderme.
Relataba que salía con su bicicleta, que algunas veces lo robaron, que atravesaba calles barrosas y poceadas para llegar fatigado a la estación del ferrocarril. Después, en trenes calamitosos y abarrotados de gente entraba a la capital, entonces de nuevo pedaleaba media hora hasta el trabajo. Así día tras día, cansado y sin ánimo, iba y venía sin jamás salir de pobre. A veces lo convocaban los punteros políticos del barrio para algún acto y le daban comida y unos pesos por prestarse a ese ocasional civismo mercenario.
__Nos arriaban como vacas y nos daban banderitas y pancartas. __ De tal modo, sin emoción alguna, describía ese compromiso obsceno.
Vivía con su hermano en una casilla ruinosa, hecha con madera y chapas, que aseguraba fríos y calores insoportables en inviernos y veranos.
__Pero el vino y la cerveza ayudan a soportar muchas cosas.__Murmuraba como resignado.
Su hermano, adicto a las drogas baratas, subsistía traficándolas y robando de vez en cuando. Para ello disponía de un revólver del calibre 38 que se había agenciado en una de las casas que saqueó con su banda infame.
__Siempre traía porquerías, pero un buen día se apareció con un televisor enorme, de esos de plasma, que se rapiñó con un trabajo fácil, en una casa- quinta.__Dijo con una sonrisa cómplice.
Deduje que sus pasatiempos no eran muchos. Iba de vez en cuando a la cancha de fútbol, o al prostíbulo cuando le sobraban unos pesos, pero el resto de las horas muertas lo pasaba frente a ese televisor de lujo, según sus palabras.
__ ¿Qué lo impulsó a cometer su crimen?
__ ¿Cómo dice?
__ ¿Por qué cometió ese asesinato? ¿Quién lo mandó?
__No me mandó nadie. Fue mirando una película que de repente se me iluminó la cabeza__ Confesó en voz baja.
__ ¿Qué película era? Le pregunté sorprendido por la respuesta.
__ No sé cómo se llamaba. Era esa en la que un tipo hablaba por teléfono para ayudar a los que se querían matar, a los suicidas. Les decía que en vez de morir como ratas murieran como hombres, cargándose antes de espichar a algunos de los políticos hijos de puta que roban a cuatro manos.
__ ¿No sería la película Plan de ejecuciones? Le pregunté intrigado.
__ ¡Esa, esa! Me dijo entusiasmado, como si todas aquellas escenas volvieran a representarse en su interior.
__ ¿Debo entender que el móvil de su crimen fue para castigar la corrupción?__ Le pregunté.
__ No sé. Puede ser. Yo pienso que fue por rabia__ Respondió.
__ ¿Quiénes fueron sus cómplices?
__No tengo cómplices. ¡Yo hice las cosas por cuenta propia! ¿Qué se cree?
No había en Mendía el menor atisbo de remordimiento por su acto y en contadas ocasiones, como ahora, salía de su habitual apatía y la reemplazaba por una especie de orgullo impreciso.
__ Solo, solito y solo. Lo hice para castigar y para ser castigado de una sola vez.__Agregó.
__ ¿Cómo es eso? Le pregunté.
__Vea doctor…__Dijo con voz ronquecina__ Hay cosas que usted no sabe…Cuando uno es pobre sufre todos los días un latigazo distinto. Le pega el hambre, la roña, la bronca, la vergüenza, la vida sin esperanzas. Entonces se me ocurrió que así no valía la pena vivir y que no era mala idea castigar a uno de esos turros que nos gobiernan y recibir todo lo que me quedaba por sufrir de una sola vez. Al contado y no en cuotas, como se dice.
__ ¿Mató por castigo, por venganza?
__ ¿Qué sé yo? Una vez que algo se me mete en la cabeza, no hay forma de pararlo. Yo soy así. __Concluyó.
Nemesio Mendía, al modo de los ácratas del siglo XIX, había enfrentado la opresión de su mísero vivir, atacando al gobernante con violencia, pero no imbuido de férreas ideas revolucionarias, como aquellos libertarios de antaño, sino de un modo banal e ínfimo, inspirado por el argumento de una ignota ficción literaria, que después el cine tomo prestada, poblándola de imágenes que impregnaron el rustico caletre de aquel hombre.
Obsesionado por la súbita ocurrencia, comenzó a elaborar un plan mínimo, económico en recursos y sutilezas. Aprovecharía la habitual y envilecida convocatoria a algún acto político, y cuando algún mandamás se le acercara, le descerrajaría un balazo.
Así, con tan sencillas premisas se escribe a veces la historia.
El magnicidio ha sido un hecho recurrente a lo largo de los siglos. Su significación y sus efectos resultaron diversos. Lo cierto es que César apuñalado en el foro o Marat en su bañera, el Archiduque de Austria, Mahatma Gandhi, Lincoln o Kennedy, todos por igual cayeron desde lo alto de su grandeza precipitándose en la nada, esa que no se amengua por la memoria o la gloria que les ofrenda la posteridad.
Esa cosa, como él denominaba al impulso asesino, permaneció en la mente nebulosa de Mendía hasta que un día el destino metió su mano y activó las marionetas del absurdo guignol de la existencia humana.
En plena campaña electoral, la presidente se presentaría, con motivo del aniversario del distrito en que vivía Nemesio, como corolario de un acto proselitista. Llegó escoltada de varios automóviles, subió al palco, dijo las cosas que mal o bien siempre se dicen en estas ocasiones, y luego descendió para irse. Nemesio estaba junto a la valla por donde pasaría. Ella rozaba con sus manos las manos de los aplaudidores contratados y avanzaba prodigando la sonrisa propia de aquella rutina.
Al pasar junto a Mendía, este la llamó extendiendo su mano:
__ ¡Presidenta, Presidenta!
Ella al pasar, casi sin verlo, le tocó la palma y él la aferró con fuerza. Veloz como un rayo extrajo el revólver del calibre 38, propiedad de su hermano y le disparó dos balazos en la cara.
Acto continuo todo se volvió confuso. Lo apresaron, lo golpearon, lo encerraron y lo enjuiciaron. Fue un caso de resolución sencilla. Mi acusación no tuvo mayores reparos y la sentencia del tribunal fue unívoca: Cadena perpetua.
Admito que hay un recuerdo que sobresale del resto. Se produjo cuando unos días antes de ser juzgado le comuniqué a Mendía la pena que pediría y seguramente obtendría por su magnicidio. Me miró sorprendido y al cabo de unos segundos de reflexión me preguntó:
__ ¿Mi qué?
__Su magnicidio. Así se llama el crimen que se comete contra alguien que tiene grandeza.
__ ¿Grandeza? ¿Desde cuándo los turros que hacen tanto mal tienen grandeza?
Luego de un grave silencio me preguntó resuelto:
__ ¿Cómo se dice cuando se mata a alguien que vale menos que uno?
Me tomó por sorpresa y luego de pensar unos segundos, casi sin darme cuenta murmuré:
__ No sé, acaso se diga minimicidio, ya que mínimo es lo contrario de magno…
Vi en sus ojos un destello de perspicacia. El hombre, acaso sin quererlo había rozado una filosofía elemental.
Esa fue esa la última vez que hablamos. Las cosas que después ocurrieron son del conocimiento de todos.
Mendía murió en la prisión 9 años después, a causa de un infarto masivo de miocardio. Durante su cautiverio se cansó de afirmar que había actuado solo, que no participó de ninguna conspiración de la sinarquía o del imperialismo internacional, que la idea surgió en su espíritu por una película que vio en la tele. Siempre concluía sus entrevistas pidiendo que lo dejaran de joder. Pero no hubo caso. Casi todos tenemos una propensión hacia las grandes palabras. Esas que tranquilizan. Creemos que un asesino de esas características suele tener una motivación clara, un propósito maligno capaz de provocar una crisis política, de eliminar a un adversario que obstaculiza planes ocultos. Nada más alejado de este asunto que semejantes creencias.
Entre las rejas Mendía concluyó sus estudios primarios y secundarios, se aficionó a la lectura y gozó del respeto y la estima de muchos reclusos. Al parecer, despojado de las excusas morales que poseen los que algo poseen, jamás evidenció pesadumbre por su crimen.
En la cárcel no hay pompas fúnebres, así que ignoramos el sitio donde fueron a parar sus restos, pero el tiempo y los lectores probablemente omitirán esos detalles que a casi nadie importan.
Al fin y al cabo, salvo el de unos pocos faraones, a todo sepulcro lo cubre el olvido.
que vemos por escrituras ya pasadas,
con casos tristes, llorosos,
fueron sus buenas venturas trastornadas;
así que no hay cosa fuerte,
que a papas y emperadores y prelados,
así los trata la muerte…
Como a los pobres pastores de ganados
Jorge Manrique, Coplas.
Pasados los años, a menudo me da por rememorar aquel lejano episodio y los meses que lo sucedieron, cargados de rudos sentimientos encontrados que se agitaron en el seno de la sociedad. Así brotaron odios y simpatías incontenibles, penas y alborozos exacerbados por la dimensión del crimen.
Fueron esos hechos la culminación de mi carrera como fiscal y por ellos, la anónima y oscura labor de mi oficio devino por un breve lapso de tiempo, célebre y notoria. Los pasajes que pormenorizo de aquel caso, los transcribo con mis palabras, ya que la memoria habitúa acomodar las cosas a sus costumbres. El lenguaje de aquellos testimonios tenía particularidades que me son imposibles de reproducir.
Nemesio Mendía contaba 37 años al ser apresado y era un tipo robusto, de tez oscura, no muy alto, de cabellos renegridos tal como se ven en los individuos oriundos de las provincias norteñas. No poseía su rostro ninguno de los atributos que Marco Lombroso percibía en los rasgos criminoides. En verdad, la delgada frontera entre el bien y el mal, en Mendía era imprecisa. Al igual que el ángel caído que refiere Isaías, era de algún modo bello. Luego, antes y durante el juicio, la prensa lo afeó, al igual que los artistas medioevales que se encargaron de darle al hermoso Lucifer bíblico su ulterior aspecto monstruoso, diabólicamente satánico. Dicho de otro modo los demonios inspirados en el profuso bestiario pagano, esos que pintó Giotto en la Capilla de la Arena o que tallaron los escultores góticos en el pórtico de la catedral de Lincoln, no se asimilaban a la elemental simpleza de Nemesio Mendía. De orígenes pobrísimos y con escasa educación (No había concluido la escuela primaria) debió salir a ganarse la vida siendo niño aún, ya pidiendo limosna en los trenes, ya vendiendo estampitas de santos en las puertas de las iglesias, ya robando de arrebato alguna que otra vez, hasta que finalmente, casi por milagro, su padrino que trabajaba en una fábrica de la Capital, le consiguió un conchabo que lo apartó de la mala senda por la que ya se encaminaba.
Se casó joven con una mujer algo mayor que él con la cual tuvo una hija. Vivían en un caserío del suburbio y pronto, trabajados por los rigores de la miseria se separaron de mala manera.
En la indagatoria le oí decir en reiteradas ocasiones que se había hecho resistente al castigo.
__ ¿A qué castigo se refiere?__Le pregunté.
__Se me endureció el cuero__Afirmaba sin responderme.
Relataba que salía con su bicicleta, que algunas veces lo robaron, que atravesaba calles barrosas y poceadas para llegar fatigado a la estación del ferrocarril. Después, en trenes calamitosos y abarrotados de gente entraba a la capital, entonces de nuevo pedaleaba media hora hasta el trabajo. Así día tras día, cansado y sin ánimo, iba y venía sin jamás salir de pobre. A veces lo convocaban los punteros políticos del barrio para algún acto y le daban comida y unos pesos por prestarse a ese ocasional civismo mercenario.
__Nos arriaban como vacas y nos daban banderitas y pancartas. __ De tal modo, sin emoción alguna, describía ese compromiso obsceno.
Vivía con su hermano en una casilla ruinosa, hecha con madera y chapas, que aseguraba fríos y calores insoportables en inviernos y veranos.
__Pero el vino y la cerveza ayudan a soportar muchas cosas.__Murmuraba como resignado.
Su hermano, adicto a las drogas baratas, subsistía traficándolas y robando de vez en cuando. Para ello disponía de un revólver del calibre 38 que se había agenciado en una de las casas que saqueó con su banda infame.
__Siempre traía porquerías, pero un buen día se apareció con un televisor enorme, de esos de plasma, que se rapiñó con un trabajo fácil, en una casa- quinta.__Dijo con una sonrisa cómplice.
Deduje que sus pasatiempos no eran muchos. Iba de vez en cuando a la cancha de fútbol, o al prostíbulo cuando le sobraban unos pesos, pero el resto de las horas muertas lo pasaba frente a ese televisor de lujo, según sus palabras.
__ ¿Qué lo impulsó a cometer su crimen?
__ ¿Cómo dice?
__ ¿Por qué cometió ese asesinato? ¿Quién lo mandó?
__No me mandó nadie. Fue mirando una película que de repente se me iluminó la cabeza__ Confesó en voz baja.
__ ¿Qué película era? Le pregunté sorprendido por la respuesta.
__ No sé cómo se llamaba. Era esa en la que un tipo hablaba por teléfono para ayudar a los que se querían matar, a los suicidas. Les decía que en vez de morir como ratas murieran como hombres, cargándose antes de espichar a algunos de los políticos hijos de puta que roban a cuatro manos.
__ ¿No sería la película Plan de ejecuciones? Le pregunté intrigado.
__ ¡Esa, esa! Me dijo entusiasmado, como si todas aquellas escenas volvieran a representarse en su interior.
__ ¿Debo entender que el móvil de su crimen fue para castigar la corrupción?__ Le pregunté.
__ No sé. Puede ser. Yo pienso que fue por rabia__ Respondió.
__ ¿Quiénes fueron sus cómplices?
__No tengo cómplices. ¡Yo hice las cosas por cuenta propia! ¿Qué se cree?
No había en Mendía el menor atisbo de remordimiento por su acto y en contadas ocasiones, como ahora, salía de su habitual apatía y la reemplazaba por una especie de orgullo impreciso.
__ Solo, solito y solo. Lo hice para castigar y para ser castigado de una sola vez.__Agregó.
__ ¿Cómo es eso? Le pregunté.
__Vea doctor…__Dijo con voz ronquecina__ Hay cosas que usted no sabe…Cuando uno es pobre sufre todos los días un latigazo distinto. Le pega el hambre, la roña, la bronca, la vergüenza, la vida sin esperanzas. Entonces se me ocurrió que así no valía la pena vivir y que no era mala idea castigar a uno de esos turros que nos gobiernan y recibir todo lo que me quedaba por sufrir de una sola vez. Al contado y no en cuotas, como se dice.
__ ¿Mató por castigo, por venganza?
__ ¿Qué sé yo? Una vez que algo se me mete en la cabeza, no hay forma de pararlo. Yo soy así. __Concluyó.
Nemesio Mendía, al modo de los ácratas del siglo XIX, había enfrentado la opresión de su mísero vivir, atacando al gobernante con violencia, pero no imbuido de férreas ideas revolucionarias, como aquellos libertarios de antaño, sino de un modo banal e ínfimo, inspirado por el argumento de una ignota ficción literaria, que después el cine tomo prestada, poblándola de imágenes que impregnaron el rustico caletre de aquel hombre.
Obsesionado por la súbita ocurrencia, comenzó a elaborar un plan mínimo, económico en recursos y sutilezas. Aprovecharía la habitual y envilecida convocatoria a algún acto político, y cuando algún mandamás se le acercara, le descerrajaría un balazo.
Así, con tan sencillas premisas se escribe a veces la historia.
El magnicidio ha sido un hecho recurrente a lo largo de los siglos. Su significación y sus efectos resultaron diversos. Lo cierto es que César apuñalado en el foro o Marat en su bañera, el Archiduque de Austria, Mahatma Gandhi, Lincoln o Kennedy, todos por igual cayeron desde lo alto de su grandeza precipitándose en la nada, esa que no se amengua por la memoria o la gloria que les ofrenda la posteridad.
Esa cosa, como él denominaba al impulso asesino, permaneció en la mente nebulosa de Mendía hasta que un día el destino metió su mano y activó las marionetas del absurdo guignol de la existencia humana.
En plena campaña electoral, la presidente se presentaría, con motivo del aniversario del distrito en que vivía Nemesio, como corolario de un acto proselitista. Llegó escoltada de varios automóviles, subió al palco, dijo las cosas que mal o bien siempre se dicen en estas ocasiones, y luego descendió para irse. Nemesio estaba junto a la valla por donde pasaría. Ella rozaba con sus manos las manos de los aplaudidores contratados y avanzaba prodigando la sonrisa propia de aquella rutina.
Al pasar junto a Mendía, este la llamó extendiendo su mano:
__ ¡Presidenta, Presidenta!
Ella al pasar, casi sin verlo, le tocó la palma y él la aferró con fuerza. Veloz como un rayo extrajo el revólver del calibre 38, propiedad de su hermano y le disparó dos balazos en la cara.
Acto continuo todo se volvió confuso. Lo apresaron, lo golpearon, lo encerraron y lo enjuiciaron. Fue un caso de resolución sencilla. Mi acusación no tuvo mayores reparos y la sentencia del tribunal fue unívoca: Cadena perpetua.
Admito que hay un recuerdo que sobresale del resto. Se produjo cuando unos días antes de ser juzgado le comuniqué a Mendía la pena que pediría y seguramente obtendría por su magnicidio. Me miró sorprendido y al cabo de unos segundos de reflexión me preguntó:
__ ¿Mi qué?
__Su magnicidio. Así se llama el crimen que se comete contra alguien que tiene grandeza.
__ ¿Grandeza? ¿Desde cuándo los turros que hacen tanto mal tienen grandeza?
Luego de un grave silencio me preguntó resuelto:
__ ¿Cómo se dice cuando se mata a alguien que vale menos que uno?
Me tomó por sorpresa y luego de pensar unos segundos, casi sin darme cuenta murmuré:
__ No sé, acaso se diga minimicidio, ya que mínimo es lo contrario de magno…
Vi en sus ojos un destello de perspicacia. El hombre, acaso sin quererlo había rozado una filosofía elemental.
Esa fue esa la última vez que hablamos. Las cosas que después ocurrieron son del conocimiento de todos.
Mendía murió en la prisión 9 años después, a causa de un infarto masivo de miocardio. Durante su cautiverio se cansó de afirmar que había actuado solo, que no participó de ninguna conspiración de la sinarquía o del imperialismo internacional, que la idea surgió en su espíritu por una película que vio en la tele. Siempre concluía sus entrevistas pidiendo que lo dejaran de joder. Pero no hubo caso. Casi todos tenemos una propensión hacia las grandes palabras. Esas que tranquilizan. Creemos que un asesino de esas características suele tener una motivación clara, un propósito maligno capaz de provocar una crisis política, de eliminar a un adversario que obstaculiza planes ocultos. Nada más alejado de este asunto que semejantes creencias.
Entre las rejas Mendía concluyó sus estudios primarios y secundarios, se aficionó a la lectura y gozó del respeto y la estima de muchos reclusos. Al parecer, despojado de las excusas morales que poseen los que algo poseen, jamás evidenció pesadumbre por su crimen.
En la cárcel no hay pompas fúnebres, así que ignoramos el sitio donde fueron a parar sus restos, pero el tiempo y los lectores probablemente omitirán esos detalles que a casi nadie importan.
Al fin y al cabo, salvo el de unos pocos faraones, a todo sepulcro lo cubre el olvido.