El mago de Lisboa
Florisbelo Guerreiro
murió en Buenos Aires el 2 de febrero de 1976, atravesado por una bala perdida
en un enfrentamiento entre los malhechores de la guerrilla y los del bando
militar.
Había nacido en Lisboa,
en el barrio de Alfama, donde aprendió a cantar fados acompañándose con la
guitarra portuguesa. No lo hacía nada mal y ya de muchacho alcanzó cierta
notoriedad en las tascas del barrio alto.
Cuando Portugal se unió
a los aliados durante la primera guerra mundial, Florisbelo fue alistado y combatió
en el frente balcánico. De milagro salvó la vida, cuando en su trinchera explotó
un obús que le produjo heridas en el tórax y lo dejó casi sordo. Cuando fue
dado de baja, sus tímpanos rotos ya no le permitían cantar fados como antes y en
pos de parar la olla se acopló a un circo itinerante en el cual aprendió los
secretos de la magia y del mentalismo. Hacia el año 1924 ya actuaba en los vodeviles
de Coímbra y Oporto. Un par de años más tarde alcanzó alguna fama en la capital
con un truco singular que él mismo había inventado: Con los ojos vendados,
repartía al azar entre el público, cincuenta monedas de 2 centavos del año 1918
y una de 10 centavos del año 1920, bien mezcladas en una bolsa de terciopelo
negro. Luego, siempre con los ojos vendados, caminaba entre las butacas del
auditorio y se detenía con seguridad delante de quien tenía en su bolsillo la
moneda de 10 centavos. El público aplaudía a rabiar y nunca nadie lograba
descubrir la artimaña.
Cansado del fascismo de
Oliveira de Salazar y de su Estado Nuevo,
en el año 34 decidió pasar a España donde exhibió sus pases de magia, sus
canciones y las dotes de mentalista por Cataluña y Andalucía.
Las cosas no le iban mal
pero al desencadenarse la guerra civil regresó a su tierra. Finalmente, al declararse la Segunda
Guerra Mundial se embarcó para Brasil y desplegó sus artilugios en tugurios de
Pernambuco y Bahía. Conchabado por el Circo Mágico inició una gira provechosa
por Rio de Janeiro, Rio Grande do Sul y Montevideo. Fue allí, en la Banda
Oriental donde tomó contacto por primera vez con la música rioplatense.
Llegó por cuenta propia
a Buenos Aires en Septiembre del 43 y fuera por los aires primaverales del Rio
de la Plata o por otra razón desconocida, se afincó en una pensión de la Calle
Solís, donde lo conocí. Éramos vecinos de pieza y pronto nos hicimos amigos.
Por entonces yo me iniciaba como periodista y para promocionar su actividad publiqué
unas notas en el diario que me empleaba. Florisbelo consiguió trabajo en los cines de Flores y Boedo y en algunos cafés del
centro.
__Estoy ensayando
tangos –me dijo una tarde mientras afinaba esa especie de laúd que era la guitarra
portuguesa con que se acompañaba.
Afirmaba que los tangos
le parecían fados que se bailaban y no estaba del todo errado. Los cantaba con
un acento raro y al público le gustaba.
Compadecido por su
sordera, lo recomendé a un médico amigo del Hospital Rawson quien lo operó, mejorando
mucho la audición de su oído derecho.
__La guerra me dejó
sordo y la paz de estas tierras me devolvió la audición--decía mientras bebía
su infaltable copa de vino blanco y le daba por recordar viejos tiempos.
__Soy enemigo declarado
de todo aquello que destruye la vida, sea la guerra, el fascismo, la mentira de
la demagogia o el odio. La guerra, créemelo, es cosa tremenda. En la navidad
del 17 en las trincheras enfrentadas se produjo una tregua no declarada. Los
soldados beligerantes, embarrados y ateridos de frío, cantábamos,
intercambiábamos bebidas y cigarrillos y hasta jugamos un partido de fútbol
contra los alemanes en la tierra de nadie.
A la medianoche, amigos y enemigos nos abrazamos y brindamos deseándonos
suerte. Había en el alma humana, aún en medio de la guerra, un espíritu
fraternal para con el prójimo. Luego sonaron las sirenas y todos regresamos a
las armas y a la matanza feroz. Espantosa contradicción. Entonces supe que la
violencia es la infección que unos pocos propagan en el cuerpo social. Las
banderas del nacionalismo y los intereses inconfesables de los que mandan son
el vehículo del flagelo espantoso de la necedad bélica. Nada bueno sale de la
boca de los fusiles o de los cañones.
Así era aquel hombre
singular. Bueno, sencillo y profundo.
En tiempos del gobierno
de Perón trabajó en el circo Sarrasani y por ese entonces conoció a Adelma
García, una cupletista española que también afinaba tangos. Se fueron a vivir
juntos en el año 48 y se los veía a menudo en los bares de la Avenida de Mayo frecuentados
por los opositores de Franco.
La economía de la
pareja mejoró poco a poco y finalmente pudo comprar una modesta casita en la
calle Maipú, cerca del Riachuelo, en Avellaneda.
Trabajaban con ahínco y
con el paso del tiempo el número de las monedas se hizo muy conocido y afirmó la
nombradía de mentalista del portugués.
A veces se conchababa
en los circos y en ocasiones trabajaba por su cuenta en los burlesques del Bajo. Lo cierto es que siempre
mantuvo un público reducido, pero adicto y entusiasta.
__ ¿Nunca fallaste en
adivinar quien tenía la moneda?—Le pregunté una noche.
__Nunca. El día que
falle será la víspera de mi muerte—Me dijo muy serio y con voz quebrada.
Antes de finalizar el
año 72 nos encontramos para cenar en un bodegón de la calle Bolívar, entre copa
y copa me comunicó, muy feliz, que su agente le había conseguido un contrato
para trabajar en Mar del Plata durante 4 semanas.
Luego pasó lo que tenía
que pasar.
Supe por su mujer que la
temporada en la costa había sido un éxito. Trabajó en una linda sala de la
Rambla del Casino y todo anduvo sobre ruedas salvo en la función del 31 de
Enero. Por alguna razón misteriosa, esa noche Florisbelo dudó. Fue de aquí para
allá en medio del público y señaló a la persona equivocada, sin poder adivinar
quien tenía la famosa moneda. Por primera vez en su carrera había fallado.
Regresaron a Buenos
Aires al día siguiente. Bajaron del tren en Constitución al medio día y apenas
llegado a su casa, Florisbelo almorzó frugalmente y se marchó para hacer unos
trámites en la calle Villarino, por el lado de Barracas. Pagó unas cuentas y al
salir a la calle, casi sin darse cuenta, quedó atrapado en medio de un tiroteo
entre soldados y montoneros. Una bala le perforó la cabeza. Curiosamente el
orificio de entrada fue por el oído derecho.
La necrológica fue
breve:
Florisbelo
Guerreiro, mago de Lisboa, murió accidentalmente en un enfrentamiento entre
fuerzas de seguridad y delincuentes subversivos, durante un operativo realizado
en el barrio de Barracas.
